Bondad y Felicidad

Autor: Llucià Pou i Sabaté | Fuente: Catholic.net 
 

Todos queremos ser felices, pero no tenemos un “dispositivo” para conseguir directamente la felicidad: la publicidad muchas veces engaña al ofrecer algo muy por encima de lo que da un producto. La felicidad hay que buscarla principalmente en las cosas espirituales (conocer y amar), a través de la idea que está en querer lo bueno: “He de orientar mi vida no a estar bien, sino a hacer el bien y así estaremos todos mucho mejor. Es decir no he de querer ser feliz, sino bueno, y haciendo cosas buenas soy feliz, porque me convierto en bueno”.

 

Al estudiar la ética filosófica se entiende que el hombre tiende a la felicidad y que ésta consiste en satisfacer todas sus funciones lo cual implica que a través de sus facultades puede conocer cómo sentirse realizado y cómo realizar esa plenitud con voluntad. La voluntad consiste en el querer y esta facultad no busca estar bien sino que tiende a través de la libertad escoger lo que es bueno.

 

Podría decirme a mí mismo que “esencial y radicalmente no he de querer ser feliz, sino bueno. Y es así como “de rebote” seré feliz.» En cambio, la búsqueda del placer me lleva a la insatisfacción. Puede parecer complicado, que la felicidad se adquiere no directamente sino “de rebote” cuando hago el bien, pero la más cruel de las desventuras es el engaño de mostrar la felicidad en señuelos pasajeros que dejan rastro de vaciedad.

Pero aún hay que dar otro paso, pues la voluntad tiende al bien pero el bien supremo es el amor. El hombre –imagen de Dios, que es amor- se realiza cuando vive de amor, reconoce el amor y se dedica a amar. La felicidad es propia de un corazón enamorado, del que sabe querer. En definitiva, para ser buenos no hay que hacer cosas buenas en un sentido de moral de obligación, sino que se han de unir las dos cosas: el bien y el amor. Porque ella es siempre la consecuencia de la propia perfección, de la propia bondad. Y para ser buenos, hay que olvidarse por completo de uno mismo y querer procurar el bien de los demás.

Únicamente entonces, cuando la desestimemos plenamente, nos sobrevendrá como un regalo, como un don inesperado, la felicidad.